Martines de Pasqually - Orden Martinista & Sinárquica

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Martines de Pasqually

Maestros Pasados


Por Jean-François Var

Publicado en el Boletín Informativo nº 19
del G.E.I.M.M.E. - Marzo de 2.009


Se puede decir con justicia de este personaje que fue un enigma vivo. Comenzando por su patronímico. En el tomo II de su obra irreemplazable Un taumaturgo del siglo XVIII, Martínez de Pasqually, Gérard Van Rijnberk dedica dos páginas (14-15) a las distintas variantes de su nombre, que sobrepasando excesivamente la diversidad, autorizó la libre fluctuación de los usos de aquellos tiempos (la Revolución francesa, que normalizó y fijó el estado civil, no había pasado aún por allí). Sin embargo, de la comparación con los documentos oficiales (actas de estado civil y certificados militares), puede deducirse con gran probabilidad que su nombre completo podría ser (con numerosas variantes ortográficas) Jacques de Lyoron (o de Livron) Joachin Latour (o de Latour) de la Case Martines de Pasqually (o bien Jacques de Lyoron Latour de la Case Joachin Martines de Pasqually). Tal cual, este nombre tiene la apariencia de dos patronímicos unidos, cada uno precedido de un nombre (Jacques, Joachin). Van Rijnberk formuló la hipótesis de que Martines de Pasqually fue un sobrenombre ligado a la función de “Maestro de Iniciación” de la que él mismo, tras su padre, habría sido investido. No obstante, esto fue rebatido por los certificados militares descubiertos y publicados por Christian Marcenne en el Boletín de la Sociedad Martines de Pasqually (nº 6 - 1996), Sociedad ubicada en Burdeos. El resultado de estos certificados es que un tío suyo, denominado como “dom Pasqually”, dirigía en 1737 una compañía del Regimiento de Dragones de Edimburgo al servicio del rey Felipe V de España. En lo que concierne también a nuestro personaje, el título nobiliario de origen ibérico “Don” (o “Dom”) precede casi siempre a la segunda parte del nombre (Martines de Pasqually); se duplica a menudo ante la primera parte del nombre (Latour de la Case), por la denominación, también nobiliaria pero de uso francés: “Messire” (o “Sire”). La condición noble de Martines de Pasqually, certificada por varias actas oficiales, está fuera de duda, así como su título de escudero. Él mismo firmaba casi siempre “Don Martines de Pasqually”.

Su fecha de nacimiento, a continuación. La Sociedad Martines de Pasqually confrontó, en su Boletín nº 9 (1999), dos cronologías deducidas de los documentos existentes pero incompatibles entre ellas. Una, calculada a partir de la partida de defunción (entre otros documentos), haría nacer a Martines de Pasqually en 1726 ó 1727. Parece sin embargo invalidada por los certificados militares ya mencionados, que prueban que Martines tuvo una carrera militar de al menos diez años (de 1737 a 1747) como oficial (teniente en 1737) al servicio del rey de España, cosa que obviamente no pudo ser a la edad de...¡diez u once años! En cambio, estos certificados se corresponden muy bien con las cartas patentes masónicas que Martines produjo como concesión de su padre en 1738 y que lo mencionan a él mismo a la edad de 28 años, lo que le harían nacer en 1710. A partir de ahí, las probabilidades están más a favor de una cronología “alta”, hacia la cual se inclinaba ya Van  Rijnberk (obra citada, T. II, pp. 9-10).

Su lugar de nacimiento pudo ser seguramente Grenoble. Todos los documentos oficiales concuerdan sobre este punto. Su origen familiar era ciertamente de España. En efecto, las cartas patentes de 1738, escritas por él mismo en 1762, indican que su padre nació en Alicante en 1671. Este origen español, con acuerdo unánime entre los especialistas, se ratifica por los certificados referentes a su carrera militar al servicio del rey de España. Varios de sus contemporáneos cercanos afirman también que su lengua materna  no era el francés (la ortografía puramente fonética de sus cartas así parece indicarlo, pero no es una prueba por sí sola).

Español de origen y judío por añadidura: lo cual le distinguía claramente de sus contemporáneos. Las negaciones de Jean-Baptiste Willermoz sobre este punto, en una carta muy tardía (julio de 1821), no bastan para poner en duda este origen judío. Por otra parte, y bien mirado, estas negaciones de Willermoz se aplican más a la religión que a la raza. De hecho, no sólo Martínez se afirmaba como católico romano y lo apoyaba con un certificado de catolicidad, sino que también exigía a los aspirantes a entrar en la Orden de los Élus Cohen que  pertenecieran a esta confesión. Fue por este motivo que varios miembros de la Confesión reformada (por ejemplo d’Hauterive) deberían abjurar de su pertenencia a ésta. Y es por esto por lo que Robert Amadou, que estudia la cuestión desde hace aproximadamente cincuenta años (véase su Introducción a su edición de 1995 del Tratado sobre la Reintegración) escribió que “su familia paterna era de origen judío español marrano o, más exactamente, semi-marrano”. Medio-marrano, en efecto, ya que los verdaderos marranos no eran más que pretextos para convertirse al cristianismo, mientras que el cristianismo es inherente a la doctrina de Martines y que él mismo siempre ha profesado. Este cristianismo que resulta de sus escritos es singular y sin embargo auténtico. Según Robert Amadou, quien la analizó con profundidad (en la Introducción  ya citada y en el  Prólogo  a su edición de 1999 de las Lecciones de Lyon), pertenecía a una categoría muy particular y muy arcaica del cristianismo, que  podría haber desaparecido hace más de mil de años: el “judeo-cristianismo”. Esto podría confirmar la afirmación constante que hacía Martines de sí mismo y de la que muchas personas, incluído Willermoz, hicieron eco, según la cual los conocimientos que poseía le fueron transmitidos por sucesión. Willermoz precisaba: “en su Ministerio, había sucedido a su padre”. La posibilidad de una “transmisión esotérica” intra o extra-familiar fue revelada  por  René Guénon, para quien “el enigma de Martines de Pasqually” preocupaba hasta tal punto que realizó al menos cuatro estudios, algunos de ellos extensos, entre 1914 y 1936.

Sea como fuere, no se sabe nada de la juventud de Martines; aparte de su carrera militar recientemente conocida, apenas se conoce su biografía antes de su aparición en la escena masónica -y en la escena histórica- durante la década 1750-1760. El primer Capítulo fundado por él parece haber sido en 1754 en Montpellier, el Capítulo de los Jueces Escoceses. Viajó por toda Francia, principalmente por el sur, y también por París y Lyon. En 1760 expuso en Toulouse, ante las Logias de San Juan Reunidas, lo que ya parece un proyecto de su sistema, pero no convenció a los Hermanos. En cambio obtuvo un mayor éxito en Guyenne, importante para la continuación histórica.

A partir del 28 de abril de 1762, Martines se instala en Burdeos donde residirá hasta su partida hacia Santo Domingo el 5 de mayo de 1772, excepto un desplazamiento de algunos meses a París entre 1766-1767. Ganó para su causa a la Logia la Francesa, donde constituyó un “Templo particular” y que por dificultades con otras logias bordelesas, en particular con La Inglesa, tomó en 1764 el título La Francesa Elegida Escocesa, para indicar claramente su color. Principalmente el regimiento de Infantería de Foix que, después de una estancia de cinco años en Santo Domingo, volvió de nuevo a sus cuarteles en Burdeos en julio de 1765, pasó a ser para él un teatro de operaciones privilegiado.

Fundó un  Templo Cohen (de los Elegidos Escoceses), bajo la protección de la Logia militar Josué, probablemente creada a tal efecto. Inició, entre otros, a dos oficiales, P.A. de Grainville y G.A. de Champoléon, que se convirtieron más tarde en sus colaboradores designados y sus secretarios voluntarios. Es por su mediación que Louis-Claude de Saint-Martin, destinado en este regimiento en el mismo mes de la vuelta de Champoléon a Francia, conoció a Martines - encuentro determinante para ambos - siendo admitido rápidamente en su Orden.  

Dado que se consultó a la Gran Logia de Francia sobre las dificultades entre La Inglesa y La Francesa, Martines envió copia de la traducción de la “constitución y patente” -precisando que estaba redactada “en inglés”- concedida a su padre el 20 de mayo de 1738, y transmisible a él mismo, por “Charles Stuard [sic], rey de Escocia, Irlanda e Inglaterra, Gran Maestro de todas las Logias extendidas sobre la superficie de la tierra”. Esta patente, concedida presuntamente el 20 de mayo de 1738, hace mención a “Don Martínez Pasqually, escudero, de 67 años, natural de la ciudad de Alicante en España” y a “Joachim Dom Martínez Pasqually, su hijo mayor, de 29 años, natural de la ciudad de Grenoble en Francia”. Pero el documento se considera generalmente apócrifo, con la notable excepción del historiador Robert Amadou que declara su juicio nulo sobre este punto. Todavía no se ha producido ningún argumento probatorio ni para confirmar ni para invalidar la autenticidad. La cuestión de las relaciones supuestas o reales, abiertas o veladas, de los Stuarts con la Franc-masonería (cuestión que se plantea también con respecto a la carta del barón Karl von Hund, fundador del Sistema de la “Estricta Observancia”), hace que sea actualmente objeto de investigaciones en el Norte de Inglaterra y Escocia.

Finalmente, con una medida de carácter general, la Gran Logia de Francia decreta en agosto de 1766 la abolición de los altos grados, medida informada en octubre; pero de forma inmediata “rechaza a este sectario (= Martines) de las Logias de su Constitución”. No obstante, con la prueba de los persistentes desórdenes, a veces acompañados de actos de violencia, fue disuelta por edicto real el 21 de febrero de 1767.

De esta forma Martines tenía el campo libre para constituir su propio Sistema, la Orden de los Caballeros Masones Élus Cohen del Universo (originalmente denominado Orden de los Élus Cohen de Josué). Con ocasión de una estancia de varios meses en París (a finales de 1766, principios de 1767), recibió a numerosos Masones incluyendo a Willermoz  -encuentro que será tan importante como lo fue con Saint-Martin, pero de otra índole-, y también a Bacon de la Chevalerie. A este último, Masón con don de gentes, por no decir intrigante, Martines le designó al año siguiente como su Sustituto Universal, al mismo tiempo que, en el equinoccio de primavera de 1767, constituía el Tribunal Soberano y promulgaba los estatutos de la Orden.

De vuelta a Burdeos, se casa, en septiembre de 1767, con la sobrina y hermana de dos oficiales del regimiento de Infantería de Foix. Le dio un hijo en junio de 1768, al cual pensaba hacer su sucesor (emplea este término en una carta a Willermoz) al mando de la Orden y le escribió a Willermoz relatándole que le había recibido Gran Maestro Cohen exactamente después de su bautismo. El abad Fournié (del que volveremos a hablar) fue durante un tiempo su preceptor. Pero, con la ayuda de las turbulencias revolucionarias, su hijo termina siendo un comisario de policía llamado De la Tour (o Latour) de La Case (el nombre de su padre desaparecía), del que Serge Caillet primero (en la revista El Espíritu de las Cosas nº 7, 1994), y luego la Sociedad Martines de Pasqually (en su boletín nº 8, 1998) describieron la monótona carrera de 1814 a 1830. Otro hijo, nacido en 1771, murió en 1773.

En el mismo año de 1768, Saint-Martin, por entonces de 25 años de edad, fue presentado a Martines por Grainville y Champoléon, mientras Willermoz era ordenado Réau-Croix por Bacon de la Chevalerie en París - será reordenado “simpáticamente”,  es decir, a distancia, por Martines en 1770.

De 1767 a 1772, Martines organizó su Orden con instrucciones, rituales y distintas recomendaciones. Emprendió la redacción del Tratado, con la ayuda afanosa pero desordenada del abad Fournié como secretario, y luego, a partir de 1771, con la ayuda mucho más metódica y eficaz de Saint-Martin – al que ordena Réau-Croix en 1772. Sus fieles discípulos Grainville y Champoléon le servían de colaboradores ocasionales. A pesar de ello, queda mucho por hacer cuando Martines se embarca el 5 de mayo de 1772 hacia Santo Domingo para solucionar unos asuntos de herencia de los que la Sociedad Martines de Pasqually aclaró su naturaleza (véanse los boletines n 6, 7 y 8, 1996-1998). Anotemos de paso que esta Sociedad publica una efeméride, año tras año, de todos los acontecimientos relativos a la vida de Martines.

De 1772 al 20 (o más probablemente 21) de septiembre de 1774, fecha de su muerte en Puerto Príncipe, Martines se ocupó activamente de su Orden, mucho más de lo que él pretendía, casi “febrilmente” según Van Rijnberk. Enviaba rituales, instrucciones, correos de toda clase. Había designado sucesor como Gran Soberano de la Orden (mientras su hijo no tuviera la edad suficiente) a su primo político Caignet de Lester. Pero éste murió el 11 de diciembre de 1778 y fue sustituido por Sebastián De Las Casas -del que se sospechó que también era pariente de Martines-. Durante este tiempo la Orden se disgregaba y, en 1781, De Las Casas devolvió a todos los miembros su libertad. ¿Es este el fin? Veremos que no.

En lo mejor de su prosperidad, la Orden de los Caballeros Masones Élus Cohen del Universo apenas contaba con una docena de Templos que agrupaban a un centenar de miembros. La mayoría entraron entonces en decadencia, sus miembros cambiaban de adhesión. A pesar de ello, al menos dos permanecieron en actividad hasta la época revolucionaria: de una parte el de Toulouse, cuyos trabajos, revelados por el Fonds Du Bourg, continuaron bajo la dirección de d’Hauterive, de otra parte el de Lyon, bajo la dirección de Willermoz; es en Lyon donde se desarrollaron de 1774 a 1776 estas “repeticiones” de la doctrina martinezista ya indicadas por Vulliaud y Guénon, publicado por primera vez por Antoine Faivre en 1975 bajo el título de Conferencias de los Élus Cohen de Lyon;  luego, en una edición más completa de Robert Amadou en 1999, bajo el título de Las Lecciones de Lyon a los Élus Cohens.

Este documento capital es un complemento indispensable para la exposición inacabada del “Tratado sobre la reintegración de los seres creados en su propiedad original, virtud y potencia espiritual divina” (Ed. de Robert Amadou de 1995 a partir de un manuscrito de Saint-Martin), o “Tratado de la reintegración de los seres creados en sus propiedades originales, virtudes y potencias espirituales divinas” (Ed. de Robert Amadou de 1974 a partir de otros dos textos). Es necesario añadir los numerosos rituales e instrucciones facilitados por la aparición de los Fondos Z (que se remontan a Saint-Martin), así como la correspondencia de Martines publicada por Papus, por Van Rijnberk y en la revista Renacimiento Tradicional. Entre los notables intérpretes del pensamiento de Martines no omitimos a Saint-Martin, en esta época autor de Los errores y la verdad (1775) y Cuadro natural de las relaciones que existen entre Dios, el hombre y el universo (1782); tampoco a Willermoz, autor de una Instrucción Secreta a los Profesos, y sobre todo de una Instrucción Secreta a los Grandes Profesos, textos redactados poco antes de 1778. Estos son, por otra parte, dos de los repetidores de Las lecciones de Lyon, el tercero, d’Hauterive, no dejó escritos formales.

Mencionemos también la obra confusa y difusa, pero no desprovista de inspiración original, del abad Fournié: Lo que fuimos, lo que somos, lo que pasaremos a ser (1801).

Si se combina el título de esta última obra con el del Tratado sobre la reintegración, se obtiene una primera reseña, parcial pero fiel, de la doctrina de Martines de Pasqually. “Doctrina” es la palabra justa, ya que él la enseñaba “con autoridad”, como un Maestro. Él no enseñaba a la manera de un pensador que ha elaborado una teoría de su propia cosecha. Se consideraba como el heredero y el transmisor de una larga tradición de origen suprahumano. Por este motivo, Fournié escribió en una carta a Willermoz: “la ciencia que profeso es cierta y verdadera, porque no proviene del  hombre”. Y el heredero se muestra digno sucesor de lo que ha sido enseñado o inspirado desde lo más alto; escribe en un lugar del Tratado: “voy a explicarles también claramente lo que la verdad de la sabiduría me ha dictado”; queda claro que esta sabiduría en cuestión no es la sabiduría humana y mundana.

Esta doctrina es pues una ciencia, la cual, como escribirá más tarde Joseph de Maistre -que, sobre este punto al igual que sobre otros muchos, no renegará de su martinismo original- es una “ciencia del hombre”. Pero esta “ciencia del hombre” no tiene nada que ver con lo que se engloba en las Universidades contemporáneas bajo la expresión de “ciencias humanas”. Es una ciencia del  hombre en sus relaciones con Dios y con el Universo. Es la misma que expone Saint-Martin en su Cuadro Natural. Partiendo del hombre y del mundo en su estado actual, Saint-Martin se remonta a su origen y anticipa sus últimos fines. Ella enuncia una historia del  hombre y del Universo que es una “historia santa”. Parte y habla del estado primitivo, de su proximidad inmediata y de la unidad de Dios con el hombre creado a Su imagen, y cualificado como “hombre-Dios”. Desemboca en el estado presente de ruptura y de alejamiento de Dios, de “privación”, y anticipa un estado de reconciliación con Dios, seguido del retorno a Dios, de “reintegración”. Estamos ante una antropología y cosmología sagradas, indisociables la una de la otra y explicándose la una por la otra, y ellas mismas tributarias de una determinada “ciencia de Dios”, la cual no es teología propiamente dicha, es más bien Teosofía, ya que lo que el teósofo toma de Dios, o lo que le toma a él, es la Sabiduría (cf. Introducción al Martinismo).

Esta ciencia es una gnosis judeo-cristiana, o más bien a la vez judía y cristiana. Esta gnosis no es enemiga de la fe, como aquella que combatía Ireneo de Lyon, sino que es más bien al contrario su coronamiento, según la palabra de San Clemente de Alejandría. Es por ello que Martines exigía de sus discípulos una práctica religiosa asidua (en la confesión católica romana, según hemos visto). Como toda gnosis, no es descriptiva, es activa. Su propósito es conocer las razones de la caída original del  hombre, de su “prevaricación”, incita y ayuda a su reparación procurando el “motor”, en primer lugar de la reconciliación del hombre con Dios, después de su “reintegración en sus primitivas propiedades, virtudes y potencias espirituales divinas”. Este motor está protegido y funciona en la Orden de los Caballeros Élus Cohen del  Universo.

Sólo en la apariencia exterior esta última parece similar a otros Sistemas o Regímenes masónicos de altos grados que afloraban en esa época. Estos recogen, en efecto, una Masonería que Martines califica sin ambages de “apócrifa” o “profana”. Para él, su sistema era el auténtico, porque es el único que reconduce al hombre a sí mismo; “masón” era, en realidad, sinónimo de “hombre”. Así lo escribió, en su estilo particular: “no soy más que un simple instrumento al que Dios quiere bien; indigno como soy, se sirve de mí para llamar a los hombres, mis semejantes, a su primer estado de masón, que quiere decir espiritualmente hombre o alma, con el fin de hacerles ver verdaderamente que son realmente hombre-Dios, creados a imagen y semejanza de este Ser Todopoderoso” (a Willermoz, 13 de agosto de 1768).

La Orden comprende una escala de diez grados, si se incluyen los tres grados “azules”, a saber, Aprendiz, Compañero y Maestro, similares exteriormente a los de la Masonería “profana” (epíteto que se comprende en este contexto ya que el término significa etimológicamente lo que está “fuera del Templo”). Pero esta   similitud se limita a los nombres de estos tres grados, pues en el fondo son muy diferentes. En cuanto a los grados propiamente Cohen son siete distribuidos en cuatro clases (estos números tienen su importancia ya que la doctrina martinesista se acompaña de una numerología precisa y compleja). Si su nomenclatura varía según las fuentes y las épocas, su distribución es inmutable:  Maestro Gran Élu (o Maestro Perfecto Élu), grado bisagra (un poco como el Maestro Escocés de San Andrés en el Régimen Escocés Rectificado); Clase del Porche, constituida de los grados de Aprendiz Cohen, Compañero Cohen y Maestro Cohen (o Maestro particular); Clase del Templo, con los grados de Gran Maestro Cohen (o Gran Arquitecto), Caballero de Oriente (o Gran Élu de Zorobabel), y Comendador de Oriente (o Aprendiz Réau-Croix); finalmente el grado de Réau-Croix, que constituye una clase por sí solo.

Estos siete grados, referidos a los siete dones del Espíritu, encaminaban progresiva-mente, pedagógicamente, a la práctica cada vez más avanzada e íntegra de un culto ceremonial. Este culto es una teúrgia que pone las energías divinas en acción y en movimiento. Es también una liturgia, obra común de los masones (= de los hombres) que se implican en ella y de los seres espirituales e inteligentes (= de los ángeles) que cooperan en ella. Es verdaderamente el “culto primitivo” al cual el hombre primordial, sacerdote-rey del  universo, estaba originalmente consagrado y que le es propuesto retomar de nuevo, según las nuevas modalidades apropiadas para su nuevo estado, caído, de cara a “operar” su reconciliación personal y la reconciliación universal (la de toda la creación), en vista a la “reintegración” - que los Padres de la Iglesia llaman “transfiguración” y “deificación”. Esta liturgia cósmica no pretende competir con la liturgia eclesial ni sustituirla - recordemos de nuevo que Martines exigía la asiduidad a los oficios de la Iglesia al mismo tiempo que la práctica diaria de un ritual de rezos copiado, mediante las adaptaciones precisas, de las “horas” monásticas. La verdad es que uno y otro están en sinfonía (cf. Introducción al Martinismo).

Por esto la Orden de los Élus Cohen, que es (por retomar el reciente título de un estudio de Serge Caillet en Renacimiento Tradicional) “una escuela de virtud y de oración”, es religiosa. Y su religión es la religión de Cristo, caracterizada en la Sabiduría, personificada en Jesús: el Caballero Masón Élu Cohen del Universo es “un partidario de la verdadera Sabiduría”.

Su ceremonial teúrgico no es mágico, en el sentido peyorativo del término. No está orientado hacia la adquisición de poderes naturales o sobrenaturales. Los famosos “pases” o “glifos luminosos” a los que a veces se le presta demasiada atención no son el objeto de las “operaciones”, sólo son los síntomas de la reconciliación en la buena vía. La teúrgia es “un ceremonial y una norma de vida para poder invocar al Eterno en santidad”, y esta norma de vida, preliminar indispensable, impone una higiene de cuerpo, alma y espíritu rigurosa, casi ascética. El ceremonial, preciso, exigente y religioso, está destinado a garantizar la comunicación con los “espíritus buenos” y a prevenirla contra los “espíritus perversos” (es decir, demoníacos). Lo que se manifiesta entonces, a su agrado y jamás bajo ninguna obligación, es “la Cosa”, que es la Sabiduría personificada, la Sophia divina. Según el fino análisis de Robert Amadou (en una emisión radiofónica del 4 de marzo de 2000 sobre los Élus Cohen), “la Cosa no es la persona de Jesucristo (…), la Cosa no es Jesucristo, es la presencia de Jesucristo”, así como la Shekinah era la presencia de Dios en el Templo de Salomón. En el culto martinesista, la Cosa no es convocada ya que no puede serlo; se manifiesta, se epifaniza, para expresar su satisfacción y su bondad. Pero el mismo culto no tiene como objetivo la manifestación de la Cosa, en él sólo está la ocasión. Este culto tiene otro objetivo que es sacrificial: opera, o al menos avanza, en la reconciliación del hombre y del universo. Es un culto al mismo tiempo de expiación, de purificación, de reconciliación y de santificación (cf. Introducción al Martinismo).

Tal es la doctrina, tal es la práctica. En el ideal, y sin duda también en lo real, en particular para los participantes asiduos a las Lecciones de Lyon.

La Orden fundada por Martines, según se ha visto, se disgregó; la tormenta revolucionaria le daría el golpe de gracia. En una carta-testamento capital de marzo de 1.822 a Jean de Turkheim, la cual contiene en realidad un método para leer y absorber el Tratado, Willermoz, que tenía por entonces 92 años, dice que “de todos los Réaux que he conocido particularmente, no queda ninguno vivo” (olvida al abad Fournié, emigrado a Inglaterra).

Mucho más tarde, en 1.942, bajo la iniciativa de Robert Ambelain y con la participación de algunos Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa y Martinistas, se produce una “resurgencia” desprovista de toda filiación histórica, de modo que esta Orden es más bien, como la denomina R. Amadou, una Orden Neo-Cohen.

No obstante, la filiación, no sólo intelectual sino también espiritual, estaba asegurada, y esta de dos modos tan diferentes como posibles, como la forma en que ellos trabajaban: Willermoz y Saint-Martin. La doctrina de Martines, sin las operaciones –lo “físico”, como decía Willermoz- está en el corazón del Régimen Escocés Rectificado, ella en sí misma es el corazón. Sin ella, nada del Régimen se puede comprender, desde las logias de Aprendiz hasta los Capítulos de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa. Para desvelarla gradual y metódicamente, Willermoz compone “Instrucciones morales” o “históricas” que son un modelo de progresión pedagógica, hasta las “Instrucciones secretas a los Grandes Profesos” que constituyen la exposición más luminosa de todas. Willermoz, por otra parte, había creado esta “clase secreta” de su Régimen, clase de dos grados que son la Profesión y la Gran Profesión, con el fin expreso de servir de conservatorio, de “depósito”, para esta “santa doctrina llegada de edad en edad por la iniciación hasta nosotros”.

En cuanto a Saint-Martin, aunque se fue progresivamente desprendiendo de las formas, particularmente las masónicas, de “lo externo”, permanece siempre fiel a su primer Maestro – esforzándose en “casarlo” con Jakob Böhme, a quien descubrió en 1.786. Jamás reniega ni de la doctrina de la reintegración ni de la teúrgia Cohen, esta última reubicada simplemente –o en vías de la simplicidad- en lo interno, pero abundante y asiduamente trabajadas la una y la otra en numerosos escritos públicos e íntimos.

Saint-Martin no dejó legado de la Orden tras él, pero Papus constituyó una en 1.887-90, despertada por su hijo Philippe Encause en 1.952; y existe por todo el mundo una numerosa posteridad que se reclama, individual o reagrupada en estructuras, del Filósofo Desconocido.

La “Orden de los Élus Cohen del Universo” ha sido reconstituida, según hemos visto, en 1.942. El Régimen Escocés Rectificado, que estuvo a punto de desaparecer también, está ahora totalmente vivo, aunque dividido en varias Obediencias. A muchos adeptos de la doctrina de Martines que, nolentes volentes, scientes nescientes, les inspira. Ahora bien, he aquí que, por añadidura, aparecerán un buen día, con el descubrimiento de varios fondos de archivos desconocidos y la exploración más avanzada de los ya conocidos, muchos textos y documentos aún íntimos, incluso de obligado secreto. De esta forma se sabrá que su obra es mucho más amplia de lo que nunca se ha conocido, y la doctrina, y la práctica. Ciertamente ha llegado el tiempo del que hablaba Willermoz en su carta de 1.822 donde escribía que “el Todopoderoso lleno de amor y de misericordia puede, cuando sea su voluntad, hacer nacer de las piedras a los mismos hijos de Abraham…”

En todo caso parece definitivamente superado el tiempo en que se denigraba a Martines como un charlatán y un impostor, o un quimérico al frente de extrañas confusiones. Muy al contrario, sus dos discípulos que le han dado posteridad, como acaba de ser dicho, están en perfecto acuerdo, palabra por palabra, en su apreciación: “hombre extraordinario como ningún otro” (Willermoz); “Este hombre extraordinario ha sido para mí único, como no he conocido otro igual” (Saint-Martin).



Bibliografía sumaria:

Textos fundamentales:

- Traité de la réintégration des êtres créés dans leurs primitives propriétés, vertus et puissances spirituelles divines (éd. R. Amadou, Paris, Robert Dumas, 1974). Reproduit en regard l’édition de 1899 et la transcription d’un manuscrit différent, avec une étude fouillée des sources.

- Traité sur la réintégration des êtres dans leur première propriété, vertu et puissance spirituelle divine (éd. R. Amadou, Le Tremblay, Diffusion rosicrucienne, 1993 et 1995).

- L’édition de 1993 reproduit le fac-similé du manuscrit de Saint-Martin conservé dans le Fonds Z (découvert en 1978), l’édition de 1995 en donne une transcription, avec une importante préface de R. Amadou.

- Les Leçons de Lyon aux Élus Coëns, un cours d’illuminisme au XVIIIe siècle par Louis-Claude de Saint-Martin, Jean-Jacques Du Roy d’Hauterive, Jean-Baptiste Willermoz (éd. R. Amadou, Paris, Dervy, 1999). Avec une préface et une introduction de prime importance.

- Les différents textes instructifs à l’usage des Profès et Grands Profès du Régime Ecossais Rectifié: Instructions secrètes, Initiations secrètes, Dialogues après la réception, etc., publiés en annexe à l’ouvrage de Paul Vulliaud Joseph de Maistre Franc-maçon (Paris, Nourry, 1926) et à cÉlui de René Le Forestier La Franc-Maçonnerie occultiste et templière aux XVIIIe et XIXe siècles (éd. A. Faivre, Paris, Aubier-Montaigne, 1970), ainsi que dans différentes revues: Le Symbolisme, Renaissance Traditionnelle, et disponibles en diffusion privée.

- Les rituels et catéchismes publiés dans différentes revues (Les Cahiers de Saint-Martin, Renaissance Traditionnelle) et en annexe à l’op. cit. de Papus; publiés ou en cours de publication par les soins des éditions Cariscript, CIREM et Dervy.

Estudios:

- Papus, Martinésisme, Willermozisme, Martinisme et Franc-Maçonnerie (Paris, Chamuel, 1899; diverses rééditions).

- Un Chevalier de la Rose Croissante, Nouvelle notice historique sur le martinésisme et le martinisme (éd. Franz von Baader, Les Enseignements secrets de Martinès de Pasqually, Paris, Chacornac, 1900diverses rééditions).

- René Le Forestier, La Franc-Maçonnerie occultiste au XVIIIe siècle et l’Ordre des Élus Coëns (Paris, Dorbon, 1928).

- Id.: La Franc-Maçonnerie occultiste et templière, etc. (op. cit.).

- Gérard Van Rijnberk, Un thaumaturge au XVIIIe siècle, Martines de Pasqually, sa vie, son œuvre, son Ordre, 1780-1824 (tome I, Paris, Alcan, 1935; tome II, Lyon, Derain-Raclet, 1938; diverses rééditions).

- Alice Joly, Un mystique lyonnais et les secrets de la Franc-Maçonnerie, 1730-1824 (Mâcon, Protat, 1938; diverses rééditions).

- René Guénon, Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, (Paris, Editions Traditionnelles, 1977).

- Antoine Faivre, L’Esotérisme au XVIIIe siècle en France et en Allemagne (Paris, Seghers, 1973).

- Robert Amadou, Martinisme (2 éd. Les Auberts, Institut Eléazar, 1993).

- Serge Caillet, Le Parcours insolite de Jean Delatour, fils de Martines de Pasqually (in: L’Esprit des choses, n° 7, 1994).

- Jean-François Var, L’Esotérisme chrétien et le Régime Ecossais Rectifié (in: «de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt», Grande Loge Nationale Française, n° 31, 2 série, 1995).

- Serge Caillet, Les sept sceaux des Élus Coëns (en cours de parution dans la revue Renaissance Traditionnelle, n° 122, avril 2000, et sq.).

- Diverses études in: Documents martinistes, L’Esprit des choses (publié par le CIREM, Guérigny, 28 numéros parus), Renaissance Traditionnelle (125 numéros parus), Bulletin de la Société Martines de Pasqually (10 numéros parus), etc.





 
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